Formado con Álvaro Siza, considerado una de los arquitectos más importantes del último siglo, Fran Silvestre puede reivindicarse como un gran heredero de la belleza geométrica del arquitecto portugués. Pero Silvestre va más allá: si Siza pertenece al Atlántico, a él se le notan sus raíces mediterráneas. La luz tan característica del Mare Nostrum, sus innumerables reflejos y las mil leyendas que navegan sus aguas se sienten en el trabajo del arquitecto valenciano.
El último reto del autor de obras como la fascinante Casa del Acantilado ha sido el diseño del packaging del TAG Heuer Aquaracer Solstice Limited Edition. Para ello ha hecho uso de su lenguaje donde tiene una máxima: lo bello tiene que funcionar correctamente. Así es como se entiende este continente donde ha trabajado los tonos del atardecer además de algunos bocetos de su estudio, en una búsqueda de la combinación perfecto de tiempo y luz, que busca una atemporalidad que no elimina la identidad, sino que la reivindica.
– Está acostumbrado a hacer continentes a escala humana, con Tag Heuer reduce mucho el tamaño. ¿Supone un reto?
Sí, pero es un reto muy interesante. En realidad, la escala cambia, pero la manera de aproximarnos al proyecto es bastante parecida. Tanto un edificio como un objeto requieren proporción, precisión y una idea capaz de dar sentido a todas las decisiones.
En arquitectura trabajamos con espacios que se habitan y, en este caso, trabajamos con un objeto que se lleva sobre el cuerpo. La reducción de escala obliga a realizar un ejercicio todavía mayor de síntesis. Cada línea, cada material y cada pequeño detalle adquieren una importancia enorme. Nos gusta pensar que la buena arquitectura reside precisamente en esos detalles.

– ¿Cómo definiría el packaging? ¿Cuál es la relación con el propio diseño del reloj?
Entendemos el packaging como una prolongación de la historia que cuenta el reloj, no simplemente como un contenedor. Es una suerte de pequeña arquitectura que prepara el encuentro con la pieza.
El Aquaracer Solstice Limited Edition conmemora el solsticio de verano, un momento del año en el que la luz adquiere una condición muy especial. Por eso hemos trabajado con los tonos que aparecen durante el atardecer y con una secuencia cromática que busca transmitir el paso de la luz a lo largo del día.
También hemos incorporado algunos bocetos de proyectos del estudio en los que el movimiento del sol ha sido especialmente relevante. De este modo, el packaging permite explicar brevemente la relación entre arquitectura, relojería, luz y tiempo antes incluso de descubrir el reloj.
– TAG Heuer Aquaracer Solstice Limited Edition celebra un evento de impacto mundial donde la luz tiene un papel fundamental, como en su obra. ¿Cómo definiría esa relación suya con la luz?
Para nosotros, la luz es el principal material compositivo de la arquitectura. Muchas veces se piensa que la arquitectura es un arte estático, pero en realidad está en constante transformación. El movimiento del
sol y el paso de las horas modifican los espacios, las sombras, los colores y la percepción de los materiales.
Desde las culturas más antiguas, la arquitectura ha tenido muy presente ese movimiento. En cierta medida, proyectar consiste en poder decirle al sol cuándo queremos que entre, cuándo queremos que se detenga y cómo queremos que transforme un espacio.
El solsticio es uno de esos momentos en los que esta relación entre luz, tiempo y arquitectura se hace especialmente visible. Por eso nos parecía un punto de partida tan sugerente para esta colaboración.

– ¿Por qué decir que sí a TAG Heuer?
Porque encontramos una relación muy natural entre el mundo de la relojería y el de la arquitectura. Ambas disciplinas trabajan con la precisión, la proporción, los materiales y el paso del tiempo.
También nos interesa mucho la manera en la que TAG Heuer combina una larga tradición con la innovación tecnológica. Es algo que nosotros denominamos tradición innovada: avanzar a partir del conocimiento y de la experiencia acumulada, sin renunciar a investigar nuevas posibilidades.
La colaboración nos permitía trabajar en una escala diferente y, al mismo tiempo, contar una historia que forma parte de nuestra manera de entender la arquitectura.
– Un reloj es una obra de precisión milimétrica donde la elección de los materiales es fundamental. Usted también da mucho valor a la relación con los materiales, ¿por qué?
Porque el material no es únicamente un acabado que se incorpora al final del proceso. Forma parte de la idea del proyecto desde el principio.
Cada material tiene un comportamiento, una textura, una manera de reflejar la luz y también una forma particular de envejecer. Nos interesan los materiales duraderos, capaces de adquirir valor con el paso del tiempo, y la posibilidad de aplicarlos mediante la tecnología actual con una gran precisión.
En nuestros proyectos intentamos trabajar con pocos materiales y establecer una continuidad entre ellos. Para nosotros, la belleza está también relacionada con la eficacia: para que algo sea verdaderamente bello, tiene que funcionar correctamente.

– Ha sido reconocido como el estudio de arquitectura más importante de España, ¿qué cree que se ha valorado en su trabajo?
Es difícil valorarlo desde dentro y, en cualquier caso, lo recibimos con mucho agradecimiento. Quizás se haya reconocido la continuidad y el rigor con los que intentamos desarrollar cada proyecto, desde las primeras ideas hasta su construcción.
Nuestro trabajo surge de un doble compromiso: dar una respuesta técnica adecuada a un contexto concreto y, al mismo tiempo, buscar la belleza a través de la obra construida. Intentamos trabajar con precisión, prestar atención a la economía de medios y conseguir que cada decisión esté justificada.
Pero el trabajo del estudio solo es posible gracias a las personas que lo forman. Más que un reconocimiento individual, lo entendemos como un reconocimiento a un equipo y a una red de profesionales que comparten el placer por hacer bien su trabajo.

– Este año celebramos el centenario del fallecimiento de Antoni Gaudí, un arquitecto con un estilo personal que se ha vuelto eterno. ¿Se piensa en la eternidad cuando se diseña una casa?
Quizás no pensamos en la eternidad en un sentido literal, pero sí en la capacidad de la arquitectura para atravesar el tiempo sin quedar obsoleta.
Una casa se proyecta en un momento concreto, para unas personas y unas necesidades determinadas, pero debería poder adaptarse a los cambios de la vida y seguir funcionando con el paso de los años. Esa continuidad temporal es una de las cuestiones que más nos interesan.
La atemporalidad no se consigue eliminando la identidad, sino trabajando con proporciones adecuadas, materiales que envejezcan bien, espacios flexibles y soluciones eficaces. Las arquitecturas que permanecen son aquellas que continúan siendo útiles y emocionantes para generaciones diferentes.

– A usted qué le interesa tanto el tratamiento de la luz, ¿qué le parece el interior de la Sagrada Familia?
Es un espacio extraordinario porque la luz no se entiende como algo que simplemente ilumina una arquitectura ya terminada, sino como un elemento que la construye.
La orientación, la geometría, la estructura y el color trabajan conjuntamente para que el espacio cambie a lo largo del día. La luz atraviesa los elementos, modifica la percepción de la materia y hace visible el paso del tiempo.
Me parece especialmente interesante que, pese a la enorme complejidad del conjunto, la experiencia del interior resulte unitaria. La estructura y la luz son inseparables y generan una atmósfera que consigue emocionar a personas con procedencias y culturas muy distintas.
– ¿Qué peso tiene en su obra la relación con el Mediterráneo?
El Mediterráneo tiene un peso fundamental, pero no tanto como una cuestión estilística, sino como una condición que determina nuestra manera de proyectar.
La intensidad de la luz, el clima, los vientos, la necesidad de generar sombra, la relación con el agua y la posibilidad de vivir durante gran parte del año entre el interior y el exterior forman parte de nuestra cultura arquitectónica.
El uso del blanco también está relacionado con esta tradición y con una cuestión científica, porque funciona muy bien en climas cálidos y permite reflejar la luz. Las láminas de agua, las terrazas y los espacios en sombra buscan muchas veces prolongar la presencia del mar.
Bebemos de una tradición mediterránea que sigue viva, pero intentamos actualizarla mediante los materiales, la tecnología y las formas de habitar contemporáneas.

– Conocemos proyectos suyos como Casa del Acantilado, Casa Camira o Casa Cano, ¿qué proyecto de los que ha realizado considera que es el que mejor le representa?
Nos gusta pensar en cada proyecto como si fuese el primero, el único y el último, por lo que resulta difícil elegir uno.
Quizás la Casa del Acantilado tuvo una importancia especial en la trayectoria del estudio. El proyecto partía de una parcela con una pendiente cercana al ochenta por ciento y de la voluntad de los propietarios de desarrollar la vivienda en una sola planta. Aquello que inicialmente parecía un problema acabó convirtiéndose en el origen de la solución.
La estructura permitió generar una casa que parece surgir de la roca y sobrevolar el paisaje, realizando el mínimo movimiento de tierras posible. Condensa algunas cuestiones que continúan presentes en nuestro trabajo: la relación entre estructura y forma, la adaptación al lugar, la precisión y esa cualidad de la arquitectura de permitirnos construir una casa en el aire o caminar sobre el agua.
Aunque, probablemente, nuestro proyecto más importante sea el propio estudio: el equipo y las personas que lo forman.
– Y si tuviéramos que fijarnos en un edificio de este siglo, ¿con cuál se quedaría?
Me quedaría con la Fundación Iberê Camargo, de Álvaro Siza, en Porto Alegre. Es un edificio de una enorme precisión, capaz de ser rotundo y, al mismo tiempo, establecer una relación muy intensa con el lugar.
La estructura, los recorridos, la luz y la forma pertenecen a una misma idea. No hay elementos arbitrarios y cada decisión parece necesaria. Es una arquitectura contemporánea que no necesita recurrir a la novedad como un fin en sí mismo.
Creo que representa muy bien esa capacidad que tiene la buena arquitectura para pertenecer a su tiempo y, al mismo tiempo, estar preparada para atravesarlo.