La dinastía de los Romanov, iniciada con Iván El Terrible, tiene su origen en el principio del siglo XVII (1613), y gobernó “todas las Rusias” desde entonces -con algunos interregnos- hasta su abrupta abolición justo trescientos años después con la revolución bolchevique (1917) y el trágico final de la familia imperial (1918). Conocida por su opulento modo de vida, fue el penúltimo de sus representantes-Alejandro III- quien dio inicio a la tradición de los huevos de Pascua, más tarde universalmente conocidos como “Huevos Fabergé”, ya que fue este el orfebre designado para elaborar estas pequeñas obras de arte.

La Pascua es la fiesta más importante del calendario de la Iglesia ortodoxa rusa, y se celebra con tres besos y el intercambio de huevos de Pascua. En 1885, Alejandro III encargó al joyero ruso Karl Gustávovich Fabergé (también conocido como Peter Carl Fabergé) la realización de un huevo para regalar a su esposa, la emperatriz Maria Fiodorovna. Ésta quedó tan encantada con el regalo que el zar ordenó a Fabergé realizar un huevo cada año. No había ningún tipo de limitación en complejidad ni, por supuesto, en precio: la única condición sería que contuviera una sorpresa. Ese mismo año Fabergé fue nombrado proveedor oficial de la corte rusa.

Se conoce la existencia en algún momento de 52 huevos imperiales de los que conservan 46, y de varios otros que fueron creados para clientes distintos de la familia imperial, destacando los siete huevos que el industrial ruso Alejandro Ferdinándovich Kelch, dueño de minas de oro en Siberia, encargó para su esposa. Personajes de la época como Emmanuel Nobel, el Príncipe Yusúpov o los duques de Marlborough entre otras personas de categoría no imperial encargaron los suyos, sumando un total de ocho huevos, aunque hubo más.

Todos los huevos que Fabergé realizó para los dos últimos zares Romanov tienen motivos de sobra para ser glosados. Algunos por su opulencia (miles de diamantes en un espacio tan reducido, el Huevo de Invierno), otros por su maestría en la miniaturización (el exquisito palacio de Gatchina, la sorpresa oculta en el huevo del mismo nombre) e incluso algunos por su originalidad en los materiales, como el penúltimo huevo, hecho con madera de abedul de Carelia (y que nunca fue entregado, por cierto). Pero lo que nos trae aquí después de esta larga introducción son lo cuatro huevos (seis, si contamos los encargados por Nobel y la duquesa de Marlborough) que contenían un reloj, bien como sorpresa o como “leit motiv”.

El primero de ellos es el llamado “Tercer Huevo Imperial”, regalado por Alejandro III a su esposa, la emperatriz en la Pascua de 1887. Este huevo de oro amarillo, enjoyado y con relieves, descansa sobre un pedestal-trípode con forma de patas de león cinceladas, y está rodeado por guirnaldas de oro de varios colores suspendidas de zafiros azules corte cabujón que a su vez están rematados con lazos engastados con diamantes rosas. La sorpresa de su interior consiste en un reloj de oro con agujas también de oro engastadas con diamantes y producido por Vacheron Constantin, al que después se le añadiría una bisagra para que pudiera funcionar como reloj de sobremesa al abrir el huevo. Si bien todos los huevos imperiales tienen su propia historia y cierto misterio, la del tercer Huevo Imperial es absolutamente fantástica, y merece un futuro artículo que llegará pronto.


El de 1895 fue el primer huevo imperial que el hijo de Alejandro, Nicolás II, regaló a su madre, la emperatriz viuda, manteniendo así la tradición iniciada por su padre, lo que le llevó a regalar otro (el llamado Huevo del Capullo de Rosa) a su propia esposa, la zarina Alexandra. El Huevo del Reloj de la Serpiente Azul está elaborado en oro de cuatro colores, diamantes y esmalte translúcido de color azul real y blanco opalescente. Diseñado como un reloj estilo Luis XVI según la tradición de Sèvres, el anillo de las horas gira sobre su propio eje y una serpiente engastada con diamantes enroscada en la base del huevo, fija, indica la hora.
Como todas las posesiones de la familia imperial, los huevos fueron confiscados por el nuevo gobierno bolchevique y -algunos- posteriormente vendidos a través del organismo llamado Antikvariat para recaudar fondos para el nuevo Estado. Después de un periplo de varios años, en 1950 el Reloj de la Serpiente Azul terminó en manos del joyero londinense Wartski, especializado en objetos de Fabergé, quien 22 años más tarde se lo vendió al magnate griego Stavros Niarchos por unos 65.000 dólares de la época. Este, a su vez, en 1974 se lo regaló al príncipe Rainiero de Mónaco con motivo del jubileo de plata (25 años en el trono) de este último. El huevo se convirtió inmediatamente en uno de los objetos favoritos de la princesa Grace, colocándolo sobre la mesa de su estudio privado. A su trágica muerte, en 1982, Rainiero selló los aposentos y el huevo desapareció del mundo hasta que en 2005 su hijo Alberto, nuevo príncipe de Mónaco, heredó el trono y las posesiones devolviéndolo a la luz pública después de 23 años. Curiosamente, Rainiero nunca supo que se trataba de uno de los huevos imperiales.

Fabergé (en realidad lo que hoy llamaríamos su director creativo, un genio llamado Mijail Perkhin, responsable de los más espectaculares huevos vendidos por Fabergé) se auto copió cuando en 1902 elaboró un reloj prácticamente idéntico al Serpiente Azul -salvo el color- para la duquesa de Marlborough, de soltera Consuelo Vanderbilt y nieta del magnate norteamericano del ferrocarril Cornelius Vanderbilt. Cuando en 1926 se divorció de John Spencer-Churchill, noveno duque de Marlborough, Consuelo donó el huevo para una subasta benéfica, siendo ganado por Ganna Walska, una mediocre soprano de origen polaco casada con otro magnate, Harold Fowler McCormick. Esta pareja, por cierto, inspiró a Orwell para el guion de Ciudadano Kane, con el protagonista gastando miles de dólares para que el mundo lírico tomase en serio a su esposa. Después de pasar por las manos del editor Malcolm Forbes hoy día este huevo se encuentra en el Museo Fabergé, en San Petersburgo.

El Huevo del Reloj del Ramo de Lirios, regalado por Nicolás a su esposa Alexandra en la Pascua de 1899, también tiene que ver con los relojes de Sévres y es uno de los huevos Fabergé más grandes: mide 27 cm de alto desde la base. Tanto el reloj en forma de huevo como su pedestal rectangular están decorados con esmalte translúcido sobre un fondo guilloché. El cuerpo del reloj está dividido en doce “meridianos” marcados por franjas tachonadas de diamantes y el anillo que contiene los índices y gira alrededor del perímetro del huevo está esmaltado en blanco con doce números romanos también engastados en diamantes. El marcador de horas -fijo- es una punta de flecha también con diamantes.

La base tiene inscrita la fecha: 1899 en cifras, efectivamente, igualmente engastadas de diamantes. El ramo de lirios que lo corona es un dechado de orfebrería, tallado en ónix con los pistilos de las flores engastados con tres pequeños diamantes, y las hojas y los tallos de oro tintado. Es uno de los pocos huevos imperiales que nunca se vendió ni salió de Rusia: en 1927 fue transferido al Museo de la Armería de Moscú, donde se expone desde entonces. Aun así, falta la sorpresa que contenía, que por fotos antiguas se sabe que era un colgante de rubí con diamantes de talla rosa.

El huevo imperial de 1900, conocido como del Reloj del Gallito está hecho de oro opaco amarillo, verde y rojo, esmaltado en violeta, lila y verde transparente, blanco opaco y blanco perla opalescente, con diamantes talla rosetón, rubíes y perlas. El nombre del huevo viene dado por la aparición de un gallo oculto y que “canta” a demanda. Se trata de un pequeño autómata como los que habitaban las cajas de música que se estilaban en Ginebra a principios del siglo XIX y que funcionaban gracias a un pequeño fuelle que hacía pasar aire a través de varios silbatos al tiempo que el gallo mismo mueve el pico y agita las alas. El mecanismo se activa apretando un botón -un enorme diamante- en la parte posterior de la base, lo que levanta una pequeña reja en la parte superior del huevo y hace subir al gallo para que ejecute su número. Una vez terminado, el gallo baja vuelve a su sitio y la reja se cierra.

Este mecanismo musical es completamente independiente del reloj esmaltado que también adorna el Huevo del Gallito, y que fue encargado a Heinrich Moser & Cie de Le Locle, fabricante que acabaría abriendo una sucursal en Moscú… justo antes de la Revolución. La esfera del reloj, enmarcada por una hilera de perlas engastadas entre aristas de oro rojo brillante, está rodeada en la parte superior por un arco de ramas de laurel bacchaca en rejilla decorada con diamantes y perlas y en la parte inferior por una orla perforada decorada con diamantes, de la que cuelgan borlas y festones de frutas. Los números arábigos están decorados con diamantes, y gracias a una antigua fotografía sabemos que originalmente colgaba de ella una gran perla.

Este huevo fue uno de los nueve vendidos por la Antikvariat al joyero Wartski en 1929, quien alrededor de 1949 lo vendió a una tal Sra. Isabella Lowe, a quien se lo recompró en 1953. En 1970 fue comprado por Robert Smith, de Washington D.C., quien en 1973 lo sacó a subasta a través de Christie’s, Ginebra. Ganado por Bernhard C. Solomon de Los Ángeles, en 1985 Solomon lo vendió a través de Sotheby’s, Nueva York, al magnate de la comunicación Malcolm Forbes, gran coleccionista de Fabergé, por casi dos millones de dólares. En 2004, después de la muerte de Forbes en 1990, su familia vendió la colección completa – casi doscientas piezas, de las cuales nueve son huevos imperiales- al oligarca ruso Víktor Vekselberg que pagó más de 100 millones de dólares por ella con la intención de incorporarla al Museo Fabergé en San Petersburgo, de su propiedad aunque gestionado por una fundación.

Hubo aún dos Huevos del Gallito más: el que la familia Rothschild comisionó como “reloj de pedida” en 1902 y uno de los siete que el ya mencionado industrial minero Kelch encargó para su esposa Barbara (1904). Ambos son muy-muy parecidos al original imperial (aunque ciertamente mucho menos lujosos), algo que por otra parte parecería lógico teniendo en cuenta la habitual fascinación por la realeza de estos burgueses adinerados.


El Huevo de la Columnata fue el regalo de Nicolás a su esposa Alexandra para celebrar no solo la Pascua de 1910 sino también el nacimiento de su hijo varón -el zarévitch Alexei, 1904- después de haber tenido cuatro hijas, lo que le garantizaba un heredero directo. Este huevo vuelve a ser un reloj tipo Luis XVI de cúpula giratoria, cuyo mecanismo fue realizado -de nuevo- por H. Moser&Cie. Simboliza un templo del Amor: rodeadas por las columnas de bowenita (un tipo de jade), un par de palomas de platino en el centro del templete representan el amor de Nicolás y Alejandra. Cuatro querubines femeninos de plata dorada sentados alrededor de la base del huevo representan a las cuatro hijas de Nicolás y Alejandra: Anastasia, Olga, María y Tatiana. Alexei está representado por el Cupido que corona el huevo -de guilloché esmaltado- y cuya mano, sujetando una rama, servía como indicador fijo de la hora (recordemos que es el anillo de las horas el que gira). Posiblemente debido a algún accidente, esa rama desapareció y fue sustituida por una punta de flecha fijada en el templete, bajo el anillo. Hoy día el Huevo de la Columnata forma parte de la Royal Collection británica, a donde llegó cuando en 1931 fue comprado a Wartski -que como ha quedado dicho había adquirido nueve huevos directamente al Antikvariat cuatro años antes- por la reina consorte María de Teck para regalárselo a su marido, el rey Jorge V.

En 1907 Fabergé vendió otro huevo con el mismo tipo de reloj soportado por columnas al príncipe Yusupov (así se conocía el huevo) y fue un regalo del príncipe Félix (o Feliks) Yusupov a su esposa Zinaïda con motivo de su 25º aniversario de boda, cifra que en números romanos aparece -tachonada de diamantes- en el pedestal. El Huevo Yusupov está hecho de oro amarillo y rojo, diamantes talla rosa, esmeraldas, perlas, rubíes, ónix blanco, esmalte rosa translúcido y esmalte blanco opaco. Lucía también tres medallones que contenían las fotografías del príncipe y de sus dos hijos. Mecanismo: dos barriletes dentados, parada de cruz de Malta, escape de áncora con rueda de escape de acero (15 dientes), volante bimetálico y espiral Breguet, ajuste fino mediante índice.



Dos apuntes históricos: el hijo del príncipe Yusupov, también llamado Félix, pasó a la historia por haber liderado el complot para asesinar a Grigori Rasputín el 16 de diciembre de 1916, el monje a quien consideraban una peligrosa influencia sobre la zarina Alexandra y por ende sobre el país. Rasputín había vaticinado que si era asesinado la dinastía Romanov caería, algo que efectivamente sucedió al año siguiente con la revolución bolchevique.

Segundo: una vez derrocada la aristocracia, sus enormes riquezas fueron pasto de la rapiña de quienes fueran capaces de encontrarlas: previendo el cambio de era y para esconder sus tesoros, los Yusupov habían hecho construir habitaciones secretas en su palacio de San Petersburgo (uno de los 57 que poseían por toda Rusia). Debían estar bien hechas, porque los bolcheviques tardaron cinco años en encontrarlas (y se dice que todavía quedan dos por descubrir). Al Huevo Yusupov se le perdió la pista hasta 1949, cuando aparece en manos de un anticuario de Londres, que en 1953 se lo vende al magnate farmacéutico suizo Maurice Yves Sandoz, quien a su vez ordena sustituir las fotografías de los tres medallones por sus propias iniciales, M, Y y S. Con este aspecto modificado es como todavía hoy se conserva en la colección de la Fundación Sandoz en Lausana junto a dos Huevos Imperiales más: el Cisne (1906) y el Pavo Real (1908).


El más grande y ambicioso de los Huevos Fabergé conocidos, el Huevo del Kremlin, representa la Catedral de la Asunción (Uspensky) en el Kremlin de Moscú, lugar donde se coronaron todos los zares rusos. Se trata de una composición de oro esmaltado, centrada en la cúpula ovoide de la Catedral de la Asunción, en esmalte blanco opalescente. A través de las vidrieras del huevo se aprecia una representación minuciosa del interior de la catedral, con sus ricas alfombras, decoraciones y el Altar Mayor, plasmado en una placa ovalada de vidrio: una exquisita casa de muñecas en miniatura.

Rematado por una cúpula dorada, está flanqueado por dos torres cuadradas y dos circulares estilizadas. Las primeras se inspiran en la Torre Spasskaya, lucen el escudo de armas del Imperio ruso y de Moscú, e incorporan relojes de carillón funcionales. El conjunto descansa sobre una base octogonal de ónix blanco. En la base, grabada en esmalte blanco sobre una placa redonda de oro, figura la fecha «1904”. La Melodía del Querubín, un canto de Pascua que había cautivado al zar Nicolás II, suena al dar cuerda a un mecanismo de sonería: es la sorpresa del Huevo del Kremlin. El huevo se puede separar de las torres que lo sujetan.

Está dedicado a la visita de la pareja de zares a Moscú para la Semana Santa de 1903. A Nicolás y Alexandra no les gustaba ir a la capital después de la estampida que dejó no menos de 1.000 muertos en el campo de Jodynka el día de su coronación, donde la multitud se agolpaba para jalearlos… y recibir comida. Fue por esto que la nueva visita de dos semanas a Moscú se convirtió en un acontecimiento histórico. A pesar de la fecha -1904- no fue presentado a la zarina hasta 1906, un retraso probablemente debido a avatares políticos.
Este huevo, que se identifica fácilmente en el inventario de 1922 de objetos imperiales confiscados, fue tasado en 1927 por expertos con el propósito de ser vendido. El informe de tasación señalaba: «La pieza está muy dañada, con muchas cúpulas rotas, dos cadenas faltantes en la cruz, la cúpula principal abollada, una ventana rota y otra faltante. Faltan un águila y dos banderas. La llave (para dar cuerda a la caja de música) está rota». A pesar de todos estos daños, la tasación estimó el valor del huevo en 46.400 rublos, el más alto de los dieciséis huevos tasados en la lista. Sin embargo, no llegó a venderse, y es uno de los diez huevos imperiales que se exhiben en el Museo de la Armería del Kremlin en Moscú.

Hay, por fin, un último huevo imperial, y también iba a contener un reloj. El último huevo de Pascua diseñado por Fabergé, el Huevo Azul de la Constelación del Zarévich, fue hallado en 2001 inacabado en el Museo Mineralógico Fersman de Moscú. Está hecho de cristal azul oscuro y grabado con la constelación del día del nacimiento del zarévich. Proyectado para estar revestido con diamantes talla rosa, tiene una base de cristal de roca opaco. Solo faltaban la maquinaria del reloj, el anillo con las horas y la mayor parte del engastado de diamantes. El huevo estaba en producción para ser obsequiado a Alexandra Feodorovna, pero nunca se terminó debido a la abdicación del zar antes de la Pascua de 1917 y la consecuente y precipitada salida de Fabergé de Rusia.


Esta relación de huevos Fabergé con reloj no estaría completa si olvidara mencionar el llamado “Huevo Nobel” de 1913. Los Nobel, de origen sueco y fundadores del premio del mismo nombre, eran una rica familia con intereses en el petróleo que antes de la revolución bolchevique vivía en Rusia (tenían una mansión llamada -literalmente –‘Villa Petroleo’ en Bakú) y eran, por tanto, unos de los mejores clientes del joyero. Concretamente Emmanuel Nobel, sobrino del patriarca Alfred Nobel, era recordado muchos años después como “tan generoso con sus regalos que a veces parecía que esa era su principal ocupación”. El Huevo de Hielo Nobel, también conocido como «Huevo Copo de Nieve» y que Emmanuel encargó “para una amiga”, está hecho de platino, plata, esmalte blanco translúcido y perlas cultivadas, no tiene base donde sustentarse. El pequeño reloj que contiene está hecho de platino, diamantes talla rosa y cristal de roca. Lamentablemente, no he encontrado datos sobre quién hizo el calibre, aunque es posible que por proximidad volviera a ser H. Moser.

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