En el universo de la alta relojería, pocas complicaciones despiertan tanta fascinación como el cronógrafo, ese ingenioso mecanismo que nos permite medir el tiempo con la ilusión de poder detenerlo.
Qué es y para qué sirve
Poder detener el tiempo es una de las quimeras de la humanidad esperando su imposible llegada inventó el cronógrafo, un mecanismo que permite medir intervalos de tiempo con precisión. No solo sirve para medir eventos deportivos o la cocción de los spaguetti: con él, y gracias al taquímetro, también se pueden medir las unidades producidas en un determinado lapso de tiempo o las pulsaciones cardiacas de un paciente (pulsómetro), o incluso cuán lejos está una tormenta (telémetro).

Esta complicación (complicación, en relojería, es toda función distinta de la de dar la hora. Sí, el calendario es una complicación) puede complicarse un poco más al añadir la función ratrapante (o “Split seconds”) que mide tiempos intermedios, o el flyback (o “retour en vol”), que permite iniciar una nueva cuenta sin tener que pasar por la parada y el reseteo. Es importante reconocer la diferencia entre “cronógrafo” (“escribe, mide el tiempo”) y “cronómetro” que se refiere a una marcha o funcionamiento perfectamente regular y certificado dentro de unos determinados parámetros de precisión. Un cronógrafo puede ser certificado como cronómetro, pero no siempre un cronómetro es cronógrafo.

Quién y cuándo lo inventó
Louis Moinet, polímata, relojero y amigo de Breguet, desarrolló en 1816 un “compteur de tierces” Un aparato con una aguja central que da la vuelta a la esfera en un segundo, con pulsadores de arranque y parada y que está dotado de contadores para los minutos y las horas. Que el volante oscilara a 216.000 alternancias por hora lo hace incluso pionero en la alta frecuencia, pero esa es otra historia. Poco después, en 1821, Nicolas‑Matthieu Rieussec popularizó el término “cronógrafo” con su dispositivo de tinta para cronometrar carreras de caballos, consistente en un disco de papel que giraba (una vuelta por minuto) bajo una aguja fija cuya punta estaba entintada.
Al pulsar sobre ella, el papel quedaba marcado en una escala previamente impresa en él. Sin embargo, el cronógrafo tal como lo conocemos hoy día data de 1.862, siempre de bolsillo. El cronógrafo de pulsera no aparecería hasta 1.910, y hay varios fabricantes que se disputan haber sido los primeros en ofrecerlo.

La Europa de principios del siglo XIX vivía la transición entre la Ilustración y la Revolución Industrial: la demanda de instrumentos de precisión crecía en astronomía, navegación y deporte, y la relojería se profesionalizaba con ateliers que combinaban ciencia y artesanía.
Qué aplicación tiene en la relojería actual
Dado que la aparición de la electrónica es relativamente reciente en términos históricos, no quedan tan lejanos los tiempos en que las grandes -y no tan grandes- marcas relojeras competían por crear los cronógrafos más precisos, lo que llevó a algunos fabricantes a especializarse exclusivamente en este tipo de mecanismo: Lemania, Valjoux, Martel…
Es famosa, a finales de los años 60 del siglo pasado, la carrera entre Zenith y el grupo que englobaba a Hamilton-Buren, Breitling y Heuer por presentar el primer cronógrafo de carga automática: ganó El Primero, aunque por poco. Anecdóticamente, la marca Heuer -mucho antes de tomar el pre-nombre TAG- nació como fabricante exclusivamente de cronógrafos para la industria y más tarde el automovilismo (AUT) y la aviación (AVIA), de ahí el Autavia.

Tal vez la más útil de las complicaciones después del calendario, hoy día el cronógrafo como concepto sigue siendo necesario en los deportes, automovilismo, aviación, industria pruebas científicas y en general en cualquier actividad donde se requiera medir intervalos. Que ese desempeño se realice mediante instrumentos mecánicos es una cuestión más de romanticismo que de practicidad dado que, sumando el factor humano, su precisión no es siquiera comparable con la de los instrumentos electrónicos, capaces de medir tiempos infinitesimales.
Así pues, y en la línea de las demás complicaciones mecánicas, su utilidad es más hedonista o lúdica que práctica, y prueba de ello es que los cronógrafos son una colección omnipresente en cualquier marca relojera que se auto perciba como de lujo.

Como apuntado al principio, podríamos añadir dos “sobre-complicaciones. La primera sería en cronógrafo ratrapante (o split-seconds), que funciona utilizando dos agujas segunderas superpuestas que arrancan juntas al presionar el pulsador de inicio. Un segundo pulsador independiente permite detener una de ellas para tomar un tiempo parcial (split) mientras la otra continúa midiendo. Al accionar de nuevo este segundo pulsador, la aguja detenida «atrapa» (rattraper) a la principal. Sirve para medir eventos simultáneos, como por ejemplo la vuelta a un mismo circuito de dos vehículos distintos.

La segunda, el “retorno al vuelo” o flyback, es de tipo más práctico: lo habitual para medir dos tiempos distintos (si no se cuenta con la función rattrapante) es parar la medición en curso (una pulsación para parar) poner a cero la aguja trotadora (otra pulsación) y arrancar la nueva medición (tres). Lo que hace la función flyback realizar los tres pasos con una sola pulsación: parada-puesta acero-arranque.

Qué futuro le espera
A pesar de su indudable utilidad como concepto, los cronógrafos mecánicos están destinados a ser coleccionados cuando no a ser considerados como símbolo de status según de la marca de la que se trate. O todo a la vez. Pensemos en esas referencias de ciertas marcas que para poder comprarlas no basta con disponer del dinero, sino que uno tiene que pasas poco menos que un tercer grado para que -literalmente- se la concedan.
En el primer caso se pueden establecer categorías, como la cantidad de contadores (segundos continuos, minutos y horas acumulados…), la parte mecánica: control por rueda de pilares o por levas, embrague horizontal o vertical, monopulsador… En el segundo, parece que también hay categorías.

Cronógrafos famosos son El Primero de Zenith, el primer cronógrafo integrado de la historia. La diferencia entre integrado y modular radica en que el caso del primero se diseña y construye el mecanismo como un todo, y en el segundo se acopla un módulo cronográfico a un calibre base sencillo. Es el caso del Calibre 11 (posteriormente calibre 12 al incrementar su frecuencia) del grupo Hamilton-Buren-Heuer-Breitling.

Un imprescindible en esta lista es el Rolex Daytona que, por cierto, estuvo montando calibres El Primero hasta principios de este siglo. Muy modificados, pero Zenith al fin.
O el Audemars Piget en su versión OffShore, reloj masculino donde los haya
Y, por supuesto, el que tal vez sea el cronógrafo más famoso de todos los tiempos: el Omega Moon Watch, compañero inseparable del primer hombre en la luna ¿volverán allí?
