Tercer Huevo Imperial Fabergé.

La tradición de regalar huevos durante la Pascua -inicios de la primavera- viene de tan lejos como la prehistoria, cuando después del largo invierno (hablamos del Hemisferio Norte) las aves volvían a poner huevos y los humanos “resucitaban” comiéndolos, antes de volver a cazar. Es también un símbolo de renovación y alegría por el regreso del buen tiempo. A partir de ahí ha aparecido en prácticamente todas las culturas, desde la antigua Persia hasta la Grecia clásica, y de ahí al cristianismo en sus distintas acepciones.

Los llamados Huevos de Fabergé fueron creados por los talleres del joyero Carl Fabergé para los zares de Rusia, así como para algunos miembros de la nobleza y la burguesía industrial y financiera, entre los años 1885 y 1917 para regalar el día de la Pascua ortodoxa a sus respectivas esposas. Los primeros son conocidos también como “Huevos Imperiales” y fueron encargados a Fabergé por los dos últimos zares de la dinastía Romanov, Alejandro III y Nicolás II. Se caracterizaban por estar elaborados con metales preciosos y gemas de distinto tipo, pero sobre todo, y por encargo explícito de Alejandro, debían contener una sorpresa. Y en no menos de cuatro casos esa sorpresa era un reloj.

Huevos Fabergé: dinastía de los Romanov.

Todos ellos están documentados/explicados en este artículo, y los llamados Imperiales tienen en común haber sido confiscados por los bolcheviques después de la revolución de 1917, una historia más o menos azarosa hasta terminar en manos privadas, de la realeza o en museos, y haberse vendido por cifras más que respetables. Pero hay uno en particular que añade un toque extraordinario a esa narrativa, porque además de contener un reloj Vacheron Constantin estuvo perdido durante muchos años… para acabar apareciendo en la alacena de un buscavidas del Medio Oeste norteamericano. Esta es la historia del Tercer Huevo Imperial, regalo de Alejandro III a la zarina Maria Feodorovna en 1887.

Tercer Huevo Imperial
Tercer Huevo Imperial

Se trata de un huevo de oro amarillo estriado que descansa sobre un pedestal con tres patas cinceladas en forma de garra de león y rodeado de guirnaldas de oro de varios colores y zafiros azules tipo cabujón, rematadas con lazos engastados con diamantes rosas. En la parte frontal hay un diamante mucho más grande que al ser presionado abre la tapa del huevo para revelar su sorpresa: un reloj de Vacheron Constantin, con esfera de esmalte blanco y agujas caladas de oro con diamantes. Originalmente el reloj era extraíble para ser usado como accesorio personal, pero en algún momento fue montado directamente en el huevo añadiendo una bisagra para poder usarlo como reloj de mesa. En la contabilidad de Fabergé aparece como ‘1887 – Huevo de Pascua con reloj, decorado con diamantes, zafiros y diamantes talla rosa. 2.160 rublos’

Tercer Huevo Imperial
Tercer Huevo Imperial

Después de la confiscación, el huevo aparece en una relación-inventario de la Armería del Kremlin en 1922 como “Artículo 68/1548: un huevo de oro con reloj, pulsador de diamantes y peana con 3 zafiros y diamantes talla rosa”. Dos años después, el huevo es incluido en una lista de ocho para ser valorados y vendidos -“Tesoros por Tractores”, era la máxima- e incluso aparece un croquis (arriba, a la derecha). A partir de ahí se le pierde la pista no solo a este sino a todo el lote, algo que no era infrecuente en la época porque la cantidad de objetos era descomunal, a la vez que había una legión de emisarios bolcheviques por toda Europa tratando de venderlos para financiar el nuevo estado soviético. Otro motivo por el que pudo “perderse” es que no estaba identificado como “Fabergé”, cuyo nombre aportaba un plus de valor a cualquier joya.

La última vez que este huevo había sido visto en público fue en una exposición de la colección Fabergé de la Zarina celebrada en 1902 en la mansión Von Dervis de San Petersburgo y que de alguna forma puso el nombre del joyero en boca de la aristocracia. De esta exposición sobrevivía una fotografía que los estudiosos de Fabergé descubrieron en 2007, y fue allí donde atisbaron el hasta entonces conocido como Artículo 68/1548 (de hecho, descubrieron dos huevos desaparecidos más, el querubín con carro y el neceser). Pero no fue esa foto la que les confirmó que el huevo no había sido fundido… todavía: en 2011 llegó a sus manos un catálogo de 1964 de la antigua casa de subastas Parke-Bernet (absorbida ese mismo año por Sotheby’s) conteniendo el lote descrito como “Reloj de oro en una caja en forma de huevo (…) Altura: 3¼ pulgadas (8,25 cm)” rematado por 2.450 dólares (unos 21.000 e de hoy día) y una fotografía que debió ponerles los pelos de punta. La carrera por averiguar su paradero había empezado.

Tercer Huevo Imperial

Articulo del Daily Telegraph titulado “¿Podrías tener este tesoro de 20 millones de libras en la repisa de tu chimenea?” se publicó el 13 de agosto de ese mismo año 2011

Este tema generó algunos artículos en prensa, tanto especializada como general, escritos por esos estudiosos y por comerciantes expertos en Fabergé como Wartski. También por periodistas. Uno de esos artículos, escrito por Roya Nikkhah en el Daily Telegraph y titulado “¿Podrías tener este tesoro de 20 millones de libras en la repisa de tu chimenea?” se publicó el 13 de agosto de ese mismo año 2011. Tengamos en cuenta que ya una década antes se habían producido operaciones de compraventa entre acaudalados particulares -Forbes, Vekselberg – que valoraban cada huevo en varios millones de dólares (o libras, va a dar igual aquí).

En ese artículo se relataba la peripecia del huevo, y también la circunstancia de que muy probablemente quien lo tuviera debía desconocer el valor tanto histórico como económico de semejante pieza, lo que desde el punto de vista del experto Kieran McCarthy citado en el artículo, hacía la búsqueda todavía más excitante. Solo se equivocaba en una cosa: el huevo no estaba, como él suponía, en el Reino Unido, donde hay una nutrida comunidad de coleccionistas de Fabergé e incluso de “estilo Fabergé”.

Tercer Huevo Imperial

De 1922 (inventario soviético) a 1964 (subasta) es mucho tiempo, casi tanto como el que va desde 1964 hasta 2011. Resulta que en algún momento de este último periodo (probablemente a principios del este siglo) el Tercer Huevo Imperial había sido adquirido en ¡un mercadillo! del Medio Oeste por un hombre que se dedicaba algo tan viejo como la propia humanidad: comprar algo a buen precio para tratar de venderlo más caro. Parece que su intención al haber pagado 13.300 dólares por él era venderlo a algún fundidor y sacarle “por lo menos” 500 dólares de beneficio. Pero no calculó bien: a donde quiera que llevase el huevo a fundir ni siquiera le ofrecían lo que él había gastado en su compra, y todo lo que consiguió fueron algunas rascadas en el huevo que los potenciales compradores hicieron para comprobar la calidad del oro. Decidido a no “malvenderlo” (mucho menos perdiendo dinero) lo guardó en… un estante de la cocina de su casa. Lo menos glamuroso que podría esperar un Huevo Imperial

Tercer Huevo Imperial

No siendo una persona adinerada, casi 14.000 dólares eran una carga difícil de soportar, de modo que en algún momento de 2012 recurrió a San Google para recabar algo de información acerca de un huevo de oro conteniendo un reloj marca Vacheron Constantin, tal como rezaba en el propio reloj. Esto lo llevó de cabeza al artículo del Telegraph y a las palabras de McCarthy, director de la centenaria joyería Wartski, especializada en los trabajos de Fabergé. No es difícil imaginar el vuelco de corazón del pobre buscavidas en cuanto reconoció “su” huevo en las fotos del artículo. Seguramente parecido al que experimentó el propio McCarthy cuando el desconocido americano le contactó y posteriormente se presentó en Londres con fotografías del objeto: según sus palabras, se sintió como Indiana Jones encontrando el Arca Perdida.

McCarthy devolvió la visita al afortunado -y hasta hacía poco ignorante- propietario del Tercer Huevo Imperial para confirmar lo que ya sabía (la autenticidad del huevo) y con una oferta difícil de rechazar: sin ser oficial, se dice que un coleccionista privado pagó 20 millones. ¿De libras? ¿de dólares? Es posible que al estadounidense, que hasta entonces había vivido en una casa humilde del Medio Oeste, junto a la carretera y un Dunkin Donuts (tal como la describió McCarthy al visitarlo) ni siquiera le importara.

Este vídeo comenta la exhibición que la Propia Wartski hizo antes de entregar el huevo a su nuevo -y, este sí, afortunado- propietario.

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